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miércoles, julio 14, 2010

LOS RASTROS DE LA MEMORIA (V)

EL DOLOR DEL SILENCIO Y LA SOLEDAD.

No es que tenga adicción al Blackberry. Es que la información que tengo en la pantalla, en letras de 8 puntos, ante mis ojos expectantes, es la primera noticia, el detalle minucioso de esta historia. Son las nueve de la noche de este Sincelejo llovido y asoleado y mientras espero que las niñas salgan de Cine, absorbo los signos convencionales que servirán para amarrar esta crónica, sin bajarme y sin parquear el automóvil. Estoy recostado en la zona de taxis para no bajar al gomoso parqueadero, hecho en el sótano, como para filmar una película de ciudad moderna. El mundo está enrarecido por los resultados extraños de un mundial extraño, que ve caer grandes tras de grandes. Todos amenazan de empelotarse por una victoria desesperada. 07-07-10 marca la pantalla. Alemania 0 España 1. Me pitan para que mueva el carro, las niñas ya están en el pasillo sin que yo las vea, tampoco oigo, porque Ledis Krolikoski ha contestado mi mensaje de texto desde Miami, pero en el clímax del mensaje me para en seco, me deja viendo un chispero:

- Bueno, ya no te aburro más con mis historias. Después te escribo otra vez, ahora tengo que ir a ver mi novela de las 10:00 PM. La veo todas las noches, se llama: ¿Dónde está Eliza?

- Chao.

- Ledis.

***

Entre 1974 y 1987, Bajo Grande, el pueblo retorcido en un ensille de burros, de 92 casas dispersas en una planicie de cascajo, donde nacimos esta generación sentimental y silenciosa, cambió de Paraíso a Infierno. Trato de enlazar los hechos más dicientes para anudar esta historia desconocida por la gran prensa. Antes de estas fechas vitales, la escena más recurrente en mi mente atragantada de recuerdos, es la del domingo 19 de abril de 1970. Hay otras escenas de la niñez que se revelan con cierta nostalgia entre nebulosas, en ráfagas de segundos, como los aguaceros largos de las mañanas tristes- corcovaos fríos -, los barquitos de papel en el desagüe de la calle, la enfermedad de la abuela María Dolores, su frase rechazando el jugo de mango y las camas de tijeras, frías, como castigo a una travesura, con el mapa abstracto del niño meón.

Aquella tarde de elecciones, a cada reporte de la radio, la muchedumbre apostada en la puerta de nuestra casa, vitoreaba la victoria de Gustavo Rojas Pinillas- que era el nuestro- sobre el desconocido Misael Pastrana Borrero, a quien días antes le habían lanzado pescado podrido en la plaza de San Jacinto. Nos acostamos con el sabor de la victoria, pero ese otro día ya el presidente era otro. Fue la primera derrota política, de la que quizás no nos hemos repuesto. El pueblo tenia que levantarse en armas.

Cuatro años después, un 16 de enero- según el reporte de Ledis- Fernanda Díaz Lora, la esposa del Valiente Solitario- decide abandonar aquel pueblo sin esperanzas, perdido en el camino real, y se instala con sus cinco hijos en Barraquilla.

Sin embargo, la verdadera decadencia del pueblo, comienza meses después de aquella derrota, cuando se trastean Nelson Hamburger y Virginia Fernández, para San Jacinto, quienes eran los pioneros de los pocos adelantos. Hubo llanto y más de diez comadres que perdieron el sentido. La pareja era el corazón del pueblo.

Años antes, agobiado por la pesada carga de cuatro hijos estudiando por fuera, Nelson Hamburger había decidido vender la planta Lister con la que le daba luz a medio pueblo. Fue un duro golpe para todos. Mi madre lloraba a cada martillazo que pretendía sacar de la base de concreto aquella planta que fue la luz y la alegría de Bajo Grande, a la que le decían La Mocha. Pese a que la operación fue de madrugada, todo el pueblo se despertó a cada martillazo, quizás aletargado por que se venia la oscuridad de nuevo.

***

Instalada en Barranquilla con sus hijos, Fernanda Díaz Lora buscaba fórmulas para vencer la pobreza. Se había matriculado en una academia de costura, pero en realidad nunca dio la pata. En un diciembre, ella le hizo unas maxis a sus hijas, nada graciosas, nada elegantes, que hoy son motivos de risas. Ledis tenía solo nueve años.

La escena la tengo en el Blackberry y la leo mientras las niñas vienen al auto mal estacionado. La maestra aquella noche- las clases eran nocturnas- llegó con una propuesta a sus alumnas. Tenía una sobrina en Miami y necesitaba a alguien que viajara para que le ayudara en un taller. Fernanda fue la primera en levantar la mano. El problema fue adquirir la visa en el consulado americano. Todas las noches llegaba con tremenda frustración, porque siempre faltaba un papel.

Leo: “Fueron muchas noches de desilusión cuando ella regresaba a casa después de varias ocasiones de presentarse en el consulado Americano a buscar su visa y siempre le hacia falta un papel; ella regresaba a la casa totalmente devastada porque su esperanza de cambiar el futuro de sus hijos se desvanecía. No se cuánto tiempo tomó pero al final le aprobaron su visa y viajó a los Estados Unidos en el 1977, si mal no recuerdo el 24 de junio, tres años y medios más tarde de haber llegado a Barranquilla. Nosotros llegamos a Barranquilla el 16 de enero de 1974”

Ledis tenia 13 años, su madre viaja por un año a Miami, año que se convertirían en 8 , que hoy ya son una eternidad, convirtiéndose en un viaje sin retorno.

Es allí donde realmente comienza el viacrucis. De una vereda agreste y pacifica que empezaba a descomponerse, Fernanda se enfrentaba a una ciudad moderna y civilizada. Viene entonces el dolor de la incomunicación y el sufrimiento. Todos sufrían de alguna manera la ausencia, pero nadie se comunica con el otro para compartir ese sufrimiento. El valiente solitario llora en silencio en Venezuela, hasta que Fernanda logra llevarse, ocho años después, a todos sus hijos.

Mientras las niñas vienen, de la mano de su madre, leo: “Fue uno de los domingos mas tristes de mi vida, yo no quería que ella se fuera, es un sentimiento que pocas personas puedan entender: saber que tu mamá- la única persona que se ha ocupado de ti toda la vida- te deja, se va sólo por un año, pero ese año convirtió en mas de ocho. Fue una situación difícil para cada uno de nosotros, yo solía decir cuando algo malo me pasaba que si no me morí cuando mi mamá se fue no me voy a morir ahora. Tal vez porque me tomé lastima a mi misma, yo siempre sentí que entre todos mis hermanos yo fui la que más sufrí. Pero ahora escribiendo esto me doy cuenta que nadie mejor que uno mismo sabe lo que siente en su interior, y yo no estaba dentro de mis hermanos para saber que tan intenso era el dolor de ellos. Yo sufrí, yo extrañé muchísimo a mi madre. Yo sufrí de mucha depresión en mis años de adolescente, pero la sufrí sola, callada, yo era triste, creo que esa fue una de las cosas que mas marcó mi vida. Pero jamás le reprocho a mi madre porque para mi ella es una mujer muy valiente, que también sufrió muchísimo al dejar a sus cinco hijos tan pequeños y solos. Bueno ya no te aburro más con mis historias. Después te escribo otra vez ahora tengo que ir a ver mi novela de las 10:00 p.m. La veo todas las noches se llama: Donde esta Eliza?

Chao,

Ledis

martes, julio 13, 2010

LOS RASTROS DE LA MEMORIA (IV)

Por Alfonso Hamburguer
BAJO GRANDE, UNA POSTAL DE OLVIDOS.

Visto desde lo alto, dese el helicóptero que ha traído al vicepresidente Francisco Santos con una misión extranjera para declararlo zona libre de minas anti personas, Bajo Grande no es más que unos peladeros, montes espinosos y unas casas tratando de resistir en el tiempo y en los recuerdos. Se trata de una aldea de indios, con casas dispersas tiradas a la jura al costado de un arroyo seco. Las de palma no resistieron la candela de los paramilitares, que les prendieron fuego el 22 de octubre de 1999 en su última incursión o cayeron redondas carcomidas por el tiempo. Las de zinc, que eran pocas, han resistido con más estoicismo los aguaceros de octubre. Los caminos se borraron y el monte creció ferozmente, mientras las guartinajas, conejos y venados, se repoblaron a montones.

No viajo en el helicóptero con Santos, pero la foto que he bajado por Internet, me muestra a un pueblo muy diferente al de los recuerdos, en el que cantamos “Salud Adorada bandera que un día/ batiste tus pliegues allá en Boyacá/ Sellaste por siempre la lucha bravía/ de un pueblo que ansiaba tener libertad”. Recuerdo a mi madre, la maestra abnegada, enseñándonos el catecismo y estas tonadas patrias, preparando la celebración del 20 de Julio o la primera comunión, caminando las procesiones y gozando los fandangos. ¡Ah, las carreras a caballo y el recorrido casa por casa, pidiendo los dulces de Semana Santa. También al cura Javier Cirujano Arjona, asesinado por la guerrilla en 1993, comandando la tanda de caballos piqueteros, antes de la procesión.
Hay otra foto que me despierta a la realidad. Es una perspectiva de la iglesia de piedra y barro- construida por Cirujano- vista desde el lateral izquierdo, desde atrás, quizás tomada desde el sardinel de piedras muertas en la casa de Male Caro, también muerto en el exilio como mi tío Alfonso y tantos otros. Allá se ve la plaza donde mataron al Inspector de Policía, Ramón Ortega, en la primera incursión de la guerrilla. También se ven tres casas de zinc en hilera: a la izquierda la que era de Walberto Hamburger Herrera, la del Inspector Ramón Ortega y la de Argelino Anillo Herrera, que es la última, ya casi contra el barranco escabroso y sobre la bajada al canal de Flores Negras. De los tres sólo sobrevive Walberto. Al inspector lo mataron y Argelino, que llegó a acumular plata, que tiraba billetes a manos llenas en la corraleja de Zambrano, murió de la nostalgia en San Juan Nepomuceno.
En la foto el monte ha borrado hasta las piedras. De la plaza seca, con piedras de cascajo, la maleza ha hecho de las suyas. Al fondo se ven las lomas grises de Arroz Con Gallo y Las Pajas de Flores Negras, donde los de la Shell- según mi tío Piero- dejaron un tubo erguido en un mojón para no equivocarse si acaso regresaban.
Con la foto, que nos regresa a una realidad dura y cruel, más la ayuda de la memoria, empiezo a recorrer el pueblo. Encuentro que la mayoría de los jefes de hogar, especialmente quienes ya franqueaban los 50 años cuando les cayó la mala hora del desplazamiento, han muerto. Muchos murieron de hambre, la mayoría, como mi tío, de nostalgia. Incluso, murieron en el exilio- si porque nunca se amoldaron a otro pueblo- los Herrera y Los Vásquez, hombres y mujeres longevos por naturaleza, que pasaban campante por los cien abriles como si nada y perneaban para morirse. Eran hombres y mujeres a quienes nunca les dolió la cabeza. Arace, Herlinda, Eva, Mercedes, Raquel, todas Vásquez, murieron en alguna parte y sus cuerpos ahora están regados en otros cementerios. La que más duró fue Raquel, pero no le alcanzaron los años para regresar, lo que ha sido la lucha de su hijo Joaquín, quien tiene la sangre dulce para el ganado. Con su cojera eterna- pues una vaca de una recua perdida de Fernando Díaz que atravesaba el pueblo lo embistió y le partió una pata en su propio patio- lidera la resistencia contra el olvido. Fue el único mortal que aguantó todos los desplazamientos, dispuesto a que lo mataran.
En Sincelejo visité a María Anillo, la esposa del Inspector Ortega. Pese a la perdida de siete miembros de su familia, sigue dura. En esos días se había operado un ojo y mandado a extirpar aquella verruga que parecía un lunar al lado de su nariz. Pese a los dolores de la vida, aun le quedan rasgos de que fue muy bella. Todavía no les han reconocido nada por su muerto principal, su esposo, pese a que trabajaba con “el gobierno” y por eso lo mataron los guerrilleros. Nunca supo cómo allegar los papeles para probar su muerte. Los titulares de la prensa, que guarda amarillentos, son testigos de su infortunio. Aquella vez fueron dos los inspectores muertos, con el de Jesús del Monte, en zona del Carmen de Bolívar. “Güerilla mata dos Inspectores”, dice la noticia escueta de El Universal de Cartagena.
A Avelino Escobar, el carpintero y machero de la gaita, que siempre fue catalogado de flojo, porque jamás terminó de parar su casa, me lo encontré casi caducando en San Jacinto, mientras jugaba dominó. Debe estar pasando por los cien años. Ya no se acuerda de nada. La muerte de su hijo “El Chino” en la última incursión de la los paramilitares, fue como un golpe de suerte, porque a este si se lo pagaron y con la plata adquirió una casa en la orilla de la carretera, donde viven de la caridad de sus hijos jornaleros.
Para algunas familias que sus hijos cayeron en los falsos positivos, las indemnizaciones se constituyeron en un culto al gozo de la tragedia. El poeta Julio Sierra Domínguez, escuchó una conversación en un banco de Sincelejo, donde se encontraron dos comadres enlutadas por la tragedia. A la primera le dieron un cheque considerable, lo que extrañó a la segunda. La primera le explicó que esa suma importante obedecía a que a ella le habían caído dos hijos, a lo que la otra repuso, con extremo lamento:
- Hay, mija, calcula tú, que a mí me mataron sólo uno.
Sigo observando la foto que ha tomado El Tiempo y que encuentro en Verdadabierta.Com. En la perspectiva no veo la casa de Don Remigio Medina. La casa era una de las mejores, ubicada en toda la esquina de la plaza. Era de palma y tenia una tienda muy surtida. También era cantina. Eva Castellar Vásquez, su mujer, murió en San Jacinto afectada por una diabetes crónica y por la nostalgia. Antes de morir le habían cortado una pierna, pero más antes le habían matado las ilusiones del retorno al pueblo donde vivieron felices y acumularon cierta riqueza. El resto de la familia se dispersó por el mundo.
La perspectiva de la foto no cubre la casa de Rufino Castellar, que vivía en la otra esquina de la plaza, hacia la izquierda. Tampoco retornó. Fue uno de los primeros en morir. Rufo, como le decían, era el padre de Luis, el muchacho malogrado en un fandango, al ser cargado en hombros por su mejor amigo, cuando el pueblo era una aldea feliz y escondida del mundo. También escondida del Gobierno. Del asesino culposo jamás se supo.
En un ligero repaso por las otras calles voy encontrando, ya con el recuerdo de la memoria, difuntos y difuntos, hombres de reciedumbre, de hacha, machete y garabato, pero que fueron impotentes para soportar la tragedia del desarraigo. Me voy a la calle Barranquillita, bautizada asi por su alegría carnavalera. Me enfrento a la imagen de Edilberto “El Negro” Sierra, quien era el dueño de la tienda mas surtida. Sus buenas reses y sus magníficos cultivos lo elevaron a la categoría de blanco. Ël me contó que una vez desplazado, empezó a hacer todo tipo de negocios, pero ninguno resultaba, hasta que se le dio por comprar aguacates en El Carmen de Bolívar para vender por pueblos polvorientos del Magdalena. Un día de sol demasiado ardiente para su estado emocional empujaba una carretilla de aguacates por el centro de Plato, sin que nadie se dignara comprarle nada.
- ¡Aguacates, aguacates, aguacates! Gritaba.

- Agua paso por aquí, cate que yo no lo vi, le respondió burlón un vacan mofándose de su suerte desde un sardinel.

Se acordó del desprecio de algunos por este fruto, en el sentido de que hambre debía tener la persona que se aventuró a comerse el primero. ¿Cómo supo que no era un fruto venenoso? Fue donde se percató de la situación tan difícil en que había caído. En Bajo Grande, donde ningún vendedor pregonaba sus productos, él era un rey de la vida. Y ahora gritaba como un loco por las calles de Plato. Aturdido por su situación miró a todos los lados a ver si ningún paisano lo estaba viendo, porque se hubiese muerto de la pena. Fue cuando se sentó en un sardinel y no pudo contener las lágrimas.
Para no sobre abundar en recursos literarios, como dicen los críticos profesionales, sólo repasaré dos o tres casos más, que podrían situar a los lectores en situaciones claves de la historia. En la misma fotografía, debía estar registrado el billar donde vieron por última vez a Marcos El Culón, como le decían a uno de los hijos de Rosita Sierra. El joven salió de a pie por el camino Real, rumbo la Finca El Hacha, con otros tres jóvenes mas y se los tragó la tierra. Estos desparecidos fueron el principio de las malas noticias del pueblo. Antes, Jaime Herrera Vásquez, quien era el rey de la Pinola, se fue a trabajar a Venezuela y nunca más se supo de su suerte.
Y finalmente, en Zambrano murió, hace unos seis años, el Ex Policía, Pedro Vásquez Ariña, quien había sido uno de quienes figuraban en una supuesta lista que llevaron los guerrilleros el día que mataron al Inspector.
Y en Sincelejo, mientras un pelotón de desminado se gastaba mil millones de pesos, moría con el año, Male Vásquez, de más de cien años, sin un solo peso en el bolsillo.

BAJO GRANDE, TERRITORIO FIFA.

Bajo Grande nunca tuvo la mano del Gobierno en más de cien años, cuyo aporte se limitaba a un maestro, un inspector de policía y un visitador de la Malaria en tiempos del DDT y nada más. La Policía Nacional llegaba cuando iba a capturar a algún cuatrero fugado y el cura lo hacia en las fiestas patronales de Santa Catalina- los 25 de noviembre- , cuando sacaba la tarea de matrimonios, bautizos y primeras comuniones acumuladas a lo largo del año.
El terruño parecía no existir en los mapas del Gobierno, salvo para los procesos electorales, cuando llegaban puntuales las papeletas de los partidos liberal y conservador, pero existía para la Federación Internacional de Fútbol Asociado, FIFA. El fútbol era la única regla de la civilización que parecía aplicar correctamente en la idiosincrasia popular. El campo de fútbol tenía las medidas del Maracaná. Y aunque no lucía una sola mata de grama – pues los burros sueltos no la dejaban prosperar- era plano y agradable para el balón, que se podía jugar a ras de piso. Los arcos, construidos en madera, estaban ubicados como es debido, uno al Sur, que daba con el cabezón escondido o charco frío de Juan Pablo, en la orilla del arroyo del Mico; y el otro, al Norte, colindaba con los trupillares y las gradas naturales de Culo Alzado, un promontorio rocoso que permitía ver la panorámica del pueblo. Los peligros más caros para el balón eran las profundidades del arroyo, el cementerio al Sureste -por el susto de los muertos- y las espinas de los alrededores. Aromeras, trupillos, pringamoza, zarza pata e grillos y cactus de todas las especies tapizaban sus gradas perfectas. De modo que el balón, entonces de cuero, debía ser inflado con Finilex, un gas que impedía la salida del aire. Con ese gas curativo, más denso que el aire normal, el balón tomaba unas dimensiones extrañas, psicológicas, pesaba mucho más y por ende daba la sensación de ser más grande.
El fútbol y el béisbol en su tiempo, fueron sagrados como los trastos de la iglesia y casi únicas diversiones para adultos y chicos. Los equipo que visitaban a Bajo Grande siempre se fueron derrotados, incluidos legendarios Los Católicos de San Jacinto, que dejaron en su arena un invicto de 48 fechas; y La Caja Negra de Tenerife, Magdalena, conformado por pescadores robustos, capaces de cualquier cosa por un triunfo.
Con el “balón grande”, nadie les ganaba, pues era con éste que practicaban. Los adversarios que llegaban con balones normales, reglamentarios, no se arriesgaban a usarlos por las espinas de los alrededores. Los locales ponían su balón, que era casi imposible de manejar por la visita. En uno de los partidos, en que los visitantes se arriesgaron con su balón, Bajo Grande perdía dos goles a cero en el primer tiempo. No hallaban el balón ni cuajaban jugadas importantes, porque el esférico se les hacia muy liviano. Cada patada se iba por encima del arco visitante. Fue cuando, finalizando este tiempo, alguien de los espectadores, que se amontonaban bajo los árboles, gritó:
-Pónganles el grande!
Pusieron el grande, el inflado con gas. Enseguida la selección Bajo Grande halló su comba, empató antes de terminar el primer tiempo e hizo dos goles más en el segundo. Se repetía lo de la final en el Mundial de Futbol de Uruguay 1930, en que el árbitro, en una salida salomónica, permitió que cada equipo jugara un tiempo con su balón de práctica.
De esos jugadores virtuosos, muchos cayeron en la guerra sucia, como Ramón Ortega, el Inspector de Policía, quien era un extraordinario centro delantero goleador y su hijo Ulfran, también veloz delantero, muerto cuando estaba ya desplazado, en Valledupar.
Alfonso Hamburger Herrera, el valiente solitario, alguna vez estuvo a punto de matar al caballo cascón de su padre Wilfrido. Tenían juego a las diez de la mañana con la selección de Las Palmas, pero su primer hijo, Wilfrido Junior, de meses, no los había dejado dormir en la noche anterior, aquejado por fiebre alta, vomito y diarrea. Salió de urgencia a comprar medicina en el caballo a Zambrano, cuatro leguas más abajo. Fue y vino en un tiempo record, sin dejar de azotar al animal, que al llegar al patio paró en seco y cayó de bruces. Había llegado justo cuando ya sus amigos se aprestaban ingresar al campo.
El San Jacintero siempre llegó a Bajo Grande mirando a su gente por encima del hombro, quizás con el mismo prejuicio con el que miraban a los palmeros, ubicados en zona intermedia. Siempre se fueron derrotados en el fútbol. Alguna vez, me tocó hacer de árbitro y los jugadores visitantes, ante la inevitable goleada que estaban recibiendo, el agotamiento que les producía un campo tan inmenso y un balón tan grade, pidieron que se les dejara hacer recambios.
- Nada de eso, este es territorio de la FIFA, les dije.

En 1979, tras terminar mi bachillerato en San Jacinto y sin un futuro claro por la falta de universidades, fue la última vez que pasé unas vacaciones enteras en Bajo Grande. Fueron 30 o 40 días formidables. Organizamos una maratón donde me derrotó Rafael Herrera, un joven pies descalzos. Yo venía de barrer en cuanta maratón se organizaba en la región. Hacía sólo tres meses había derrotado a Juan Conde, rey de Las Palmas en su propio patio y de triunfar en la Semana Estudiantil del ITA de San Jacinto. Me sentía sobrado. Como organizador de esa primera y única maratón que se hizo en Bajo Grande, acepté que Rafael corriera pies descalzos. Después de la partida, en las cuatro vueltas al pueblo no lo volví a ver más allá de las rectas. Jamás lo pude alcanzar. Rafal “el de Dora”, como le decían, fue uno de los primeros muchachos en desaparecer del pueblo. Salió a caminar tierra y jamás se supo de él. Igual sucedió con Jaime Herrera Vásquez, vecino nuestro, quien se hacia mil pinoles con una bola de trapo. Se le pelaban los nudos de los pies pero no soltaba la esférica en horas. Se fue para Venezuela mucho antes del desplazamiento y jamás se supo de él. Después, cuando las fincas vecinas cambiaron de dueños que electrificaron las cercas y patrullaban los linderos hombres armados en motocicletas, empezaron a desaparecer más personas. El turno seria para cuatro jóvenes más que iban al Rio por el camino Real y se los tragó la tierra.
Cuando nos mudamos a San Jacinto, en febrero de 1974, en las marchas callejeras se escuchaban vivas al EPL como brazo armado del PCMl, coros tan usuales como los de Juan Chuchita le hacia a Andrés Landero. Allí ya el pueblo estaba dando un viraje de guerra. Igual decían los campesinos que la tierra era para quien la trabajaba y que el deporte era el opio del pueblo.
Si en Bajo Grande no supimos de subversivos nativos, ya en San Jacinto, donde conformamos un buen equipo de futbol estudiantil, dos de los muchachos desaparecieron de la noche a la mañana, se habían metido a guerrillero. Ramón Fernández, quien tiene su finca en las faldas del Cerro de Maco, un día llegó al rancho y lo encontró lleno de guerrilleros, quienes lo pusieron de cocinero. Entre los insurgentes conoció a uno de los muchachos que habían desertado del equipo de fútbol, cometiendo la falta de saludarlo con su nombre. El muchacho lo dejó con la mano extendida, tras advretirle.
- Perdón, señor ¿Lo conozco?

Después lo llamo afuera del rancho y lo amenazó.

- Mira, viejo hijueputa, tú no me has visto.


¿Qué interés revestía para los dueños de la guerra este pueblecito perdido entre las colinas de Arroz con Gallo y un arroyo culebrero? No tenía petróleo. No Tenia Níquel. No tenia sembradíos de coca. No tenía guerrilleros ni paramilitares. No tenía caminos. Y la luz que le habían puesto, sólo había servido para enviciar a la juventud. Dio la sensación que con la luz el pueblo empezó a descomponerse. Tenía cactus de donde los gaiteros sacaban la música. Y tenía muchos aromos, un árbol espinoso que produce un platanito parecido al dividivi, ese que le da el nombre a “Las Aromeras”, donde fue liberado el Ex ministro Fernando Araujo, ubicadas a muchas leguas de allí.
El aromo nunca ha sido promocionado más allá de ser el lugar donde estaba secuestrado Araujo. Mi padre siempre defendió a este árbol, que se constituyó en su mejor aliado en los extensos veranos. Ordenaba a sus trabajadores recoger su fruto y lo almacenaba para alimentar el ganado cuando escaseaba el pasto. En tiempos de vacas flacas, el cactus y el aromo eran una bendición, pues el ganado se purgaba y después engordaba. Le servía de purgante y alimento a la vez.
¿Si no era el oro, el petróleo o la coca lo que querían los violentos, qué era lo que querían con este pueblo, al que no se le ha dado nada de importancia en la prensa nacional?
¿Qué lo querían de corredor estratégico o de escondite? Nada. No se justificaba tanto dolor.
Ahora que trato de ver en el fútbol el único nexo del pueblo con la civilización y las reglas internacionales, me veo en las mismas vacaciones, caminando con los chicos del equipo de fútbol, rumbo a San Agustín, corregimiento de San Juan Nepomuceno en la orilla del Rio Magdalena. Allí nacieron dos grandes figuras del acordeón, Julio Rojas Buendía, dos veces rey vallenato y Rufino Barrios, quien hacia acordeones en Sincelejo, con su famoso sello Rufib.
Las cuatro leguas de camino eran escabrosas. Atravesamos a pie y en burro Corralito, Desconsolado, El Bajo, Casa de Tabla, Corral de Piedra y otras veredas, vadeando cañales, pringamosales, cadillos y zanjones. A las diez de la mañana, después del madrugonazo, estábamos enfrentados al equipo local, en una cancha hosca, llena de arena y extensa, que también era utilizada para béisbol. El equipo de San Agustín era conformado por pescadores y gente veterana. El nuestro era un entrevero de viejos y jóvenes. El portero era Fabio Ortega, hijo del Inspector asesinado. Entre los marcadores recuerdo a Carlos y Emigdio Herrera, quienes se batieron como fieras para mantener a raya a los rápidos delanteros locales. Nos tenían embotellados y sin poder avanzar más allá del medio campo. Como al minuto 40 del primer tiempo, Hugo Caro, de los nuestros, un alero izquierdo de raya, de los que ya no salen, se corrió por su sector driblando rivales, hasta llegar a la equina, de donde lanzó certero centro al área. El arquero local logró apuñetear el balón, quitándoselo de la cabeza a Ulfran Ortega. El esférico quedó sin dueño, de rollete, dando vueltas en el punto penal. Y yo, que venia desde atrás acompañando la jugada como mediocampista de enredo, alcancé a darle con la punta del guayo, mientras las dos defensas contrarios se quedaban con pedazos de mi espinilla. El balón salió disparado igual como lo recibí, de rollete, con más defecto que efecto, y lentamente, luchando con la arena, se fue por el palo izquierdo del portero, quien gateaba para alcanzarlo. Y justo después de haber entrado a la valla, se detuvo ¡Casi que no entra! Como buenos costeños no sólo gritamos goooool, sino :“Goooool hijueputa, gooool”.
Habíamos sonsacado al león en su propia caverna. Fue entonces cuando los locales se envalentonaron y nos metieron casi en el arco nuestro. Nuestro arquero era imbatible, a veces ayudado por la arena (donde se dejaba caer después de volar) y el desespero de ellos. El árbitro, que era el aporte local, nos expulsó a Emigdio Herrera, al culminar el primer tiempo, cuyo alargue fue exagerado. Emigdio hoy es líder de desplazados en Barranquilla.
En el segundo tiempo el asedio de esas fieras fue peor. Nos mandaban misiles por todos los costados, pero después de una hora de lucha libre, sí porque el árbitro pitó 60 minutos, y sólo con diez hombres, corónanos el uno a cero.
Pese a ello nos dieron almuerzo, hubo un toque de banda en nuestro honor y después cogimos otra vez- en burros y a pie - el camino de regreso. En ese año, siete antes de la primera toma guerrillera, aún no había comunicación entre estos pueblos, pero al llegar, las muchachas tenían armado un baile de honor que nos habían preparado por el histórico triunfo. Les habíamos quitado 57 fechas invictas en sus arenales. ¿Quién les había avisado? De seguro alguien había llevado la noticia antes de nuestro regreso, como el niño que se escapó en medio de la toma guerrillera de junio del 87 y cruzando montes, llevó la noticias a las Palmas, donde la embarcaron en el primer carro que salió para San Jacinto.
… Ahora que escribo esta crónica me pregunto si eran estos caminos-por donde jamás ha pasado un auto- lo que querían quienes destruyeron nuestro pueblo.


lunes, julio 12, 2010

LOS RASTROS DE LA MEMORIA (III)


¿POR QUE SE METIERON CON UN PUEBLO INDEFENSO?

¿Qué era lo que buscaban quienes se ensañaron con un puñado de familias decentes?

Por Alfonso Hamburguer

Antes de que el pueblo fuera arrasado por los paramilitares y se desplazara para siempre, algunos hechos estuvieron al borde de propiciar una matanza familiar. Alfonso Hamburger Herrera tenía fama de valiente. Era el mejor tirador de la comarca. A los conejos los mataba en el salto, después de quebrar adrede una hoja para que se espantaran y coserlos a plomo certero en el aire. Su mejor amigo era Mito Barreto, con quien salió de malas en una parranda. Fue a su casa a buscar la escopeta para matarlo. Regresó resuelto a sellar la afrenta. Su amigo se abrazó a su madre, Ninfa de Barreto, dispuesto a recibir el castigo. Alfonso lo apuntó y se aprestó a disparar, pero cuando apretó el gatillo, ocurrió algo providencial. El tiro falló. Fue cuando sucedió algo mágico. Allí todos parecieron despertar de una especie de sueño pesado, entonces terminaron en un abrazo colectivo, en medio de llantos. La parranda que celebra la vida duró tres días.

Nunca se pudo establecer qué tipo de afrenta le había hecho Mito a Alfonso, pero si de los comentarios de los familiares. Si el tiro hubiese hecho fuego, las dos familias se hubiesen acabado en una venganza interminable, como la de Los Méndez con los Fernández, que en el vecino Carmen de Bolívar, se había convertido en un espiral de venganzas que los fue envolviendo a todos, hasta menguar la imagen del pueblo. Allí nacieron grupos de autodefensa que todavía la historia no registra plenamente. Hasta Bajo Grande, que estaba muy distante, por reflejo recibió las emigraciones de bandidos- o inocentes que huían de la ley- que llegaban a refugiarse en sus tierras, cargando el peso de un muerto y recuas de caballos robados. De algo tenían que vivir, en tiempos que el rebusque iba ligado con visos de ilegalidad.

Mito Barreto también fue un desplazado sentimental antes que llegara la barbarie guerrillera y paramilitar. Manejaba un tractor en Zambrano, Bolívar, donde murió aplastado por esta máquina. Al parecer estaba borracho ese día trágico. Como Alfonso, cuando esto sucede, estaban uno viudo y otro abandonado. Parecía una estirpe condenada a la muerte o a la soledad.

MOTIVOS PARA ATACAR UN PUEBLO.

A estas alturas, cuando el pueblo ha sido desminado, han aparecido extraños compradores de tierra y la gente empieza un retorno incierto, la pregunta es: ¿Qué motivos tenían los violentos para propiciar su desplazamiento? En octubre de 1999, cuando los paramilitares mataron a cuatro muchachos inocentes, escogidos al azar, y le prendieron fuego a las casas, que se resistían a arder, pues toda la mañana había llovido, ya habían ocurrido varias masacres, que si bien salieron en la prensa, no tuvieron las connotaciones de las del Salado, Chengue o Mampujan, ocurridas en sus alrededores.

Carlos Herrera, quien presenció esa última masacre, recuerda que la gente se desplazó a pie hasta San Jacinto, con el barro hasta los tobillos y rodillas en partes fangosas. Los cadáveres quedaron en la mitad de la calle, en el barrio Abajo, y nadie se atrevió a levantarlos. Cuando el Ejército llegó con un tractor a los dos días- que era la única máquina capaz de penetrar por los caminos convertidos en lodazales- ya los perros se habían saciado con sus carnes podridas.

Ese día trágico, Walberto Hamburger Herrera, uno de los hermanos de Alfonso, había madrugado a cortar una huerta de tabaco a un kilometro del pueblo. A las 10 AM se aprestaba a cruzar una cerca de alambre con una brazada de hojas cuando observó la humarada en lo alto, sobre el pueblo, entonces se llenó de malos presagios. Hoy vive de vender suero en Valledupar, después de ser ganadero y cosechero de tabaco.

Avelino Escobar, el carpintero del pueblo, también afamado gaitero, quien jamás pudo en más de 50 años de trabajo terminar de parar su casa, era el padre del Chino, uno de los muchachos acribillados a tiros, como si los paramilitares hubiesen probado puntería con él, pues nunca tuvieron relaciones con personas fuera de la ley, mas allá de la gente del pueblo. De los solares del pueblo no salió un sólo bandido.

En una rápida investigación, se pudo establecer que ningún habitante del pueblo fue guerrillero o paramilitar. Si colaboraron con alguna de las partes en conflicto fue presionados, como en el caso de Gadimedes Navarro, de 42 años y su hijo Eduardo Navarro Arroyo, de 18, quienes tenían una tienda y fueron muertos por la guerrilla, acusados de colaborar con los paras.

El primer muerto grande había sido el Inspector de Policía, Ramón Ortega, ajusticiado por el EPL en plena plaza pública, el 11 de Julio de 1987, después de un juicio revolucionario. Desde allí cada grupo fue cobrando victimas, alternadamente. Y muchos de los que se fueron, especialmente los descendientes del Inspector, empezaron a morir en forma trágica, en una cadena que daría para una crónica escabrosa por aparte. Descendientes directos del Inspector inmolado, han muerto siete, desde Valledupar a Bogotá. La violencia los ha ido persiguiendo, como si viajaran con esta costra o especie de atadura extraña. La manera en que Vilma Ortega, hija del Inspector- hoy residente en Sincelejo- narra como le mataron el último sobrino en Bogotá es espeluznante. Raúl Cuadros- como era su nombre- se fue huyendo a Bogotá de perseguidores extraños y no habiéndose aclimatado allá, decidió llamar desde un teléfono público para anunciar su regreso. Su madre quedó atónita en el teléfono. Alguien tomó el auricular y le dijo: Señora, al muchacho que hablaba con usted lo acaban de matar de un tiro. Desplazados habían muerto, Ulfran, hijo del Inspector; Ulfran Javier, hijo de Ulfran; Edgar, hijo de Vilma y Raúl, hijo de Pablo, nietos de Ramón. Raúl había sido el niño que se atrevió a salir de Bajo Grande a llevar el aviso, cuando mataron a su abuelo.

EN ESTA TIERRA NADIE ERA COMUNISTA.

Bajo Grande jamás tuvo ideas comunistas. Los corredores de tabaco, que en otras partes fueron parte del proceso de explotación que generó revueltas campesinas, aquí eran personas que mantuvieron relaciones más bien familiares con los cosecheros. Siempre hubo armonía mas allá de cualquier discusión por un partido de fútbol o por las travesuras de un perro que se metió a la casa ajena y se llevó una presa de carne.

Solo se hablaba mal de un corredor proveniente del Carmen de Bolívar, quien tenia una romana (pesa) tramposa. A la hora de pesar el tabaco, dejaba caer un objeto, y cuando se inclinaba a recogerlo bajaba adrede la balanza, ganándose allí unos kilos. Los campesinos jamás utilizaron la pesa que quiso imponer la Asociación Municipal de Usuario Campesinos, que en Bajo Grande no cuajó. Sin embargo, la malicia indígena los llevó a “empuercar” el tabaco que muchas veces era bañado con agua caliente o le dejaban venas verdes en el centro para lograr mayor peso. Dicen que otros- para defenderse de la pesa tramposa- envenenaban los mazos con tierra. Eran puras conjeturas, pues sabían que si el tabaco se dañaba en la bodega, todos perderían.

El Blanco Castellar, un viejo de apariencia bonachona y perezosa, fue el único habitante que se negaba a votar en las elecciones y hablaba con frecuencia de sus ideas comunistas, pero nadie se lo tomaba en serio, más aun cuando lo ablandaba una botella de ron. Nunca hubo organizaciones campesinas ni peso discordante al del corredor para pesar el tabaco, como en otras partes, que la balanza con la que se calculaban los kilos era de La Casa Campesina, vigilada por la Asociación de Usuarios Campesinos, Anuc. Los godos, que eran minoría, sacaban sus buenos votos liberales, por compadrazgo. Eso sí, nunca superaron la derrota de Gustavo Rojas Pinilla a manos de Misael Pastrana Borrero en abril de 1970.

Las ideas comunistas habían quedado plasmadas sólo en unos versos improvisados del gaitero Toño Fernández, una vez regresaron de Europa Los Gaiteros de San Jacinto, quienes llegaron con ego argentino: El godo y el liberal/ sufren de la misma ancheta/ pelean por la misma teta/ que los dos quieren chupar.

Yo no soy conservador/ pero liberal tampoco/ desde que estuve en Moscú/ ahora pienso de otro modo.

MASACRES DEBELADAS…

La masacre de EL Salado, en el año 2000 las justifican las AUC por el trazo de una operación de barrido insurgente que les llevó año, seis meses y 19 días, según informe de www.Verdadabierta. Com . Querían romper los nexos de los habitantes con los guerrilleros, cuyo campamento principal estaba a cuatro kilómetros del pueblo. Las Farc habían reemplazado al EPL en su accionar perverso para estos pueblos, desde 1991.

En el Sur de Bolívar, donde estaba enquistado el ELN y después las Farc en algunas poblaciones, la disputa se parecía justificar en las 10 toneladas de oro que produjo la zona en 1995 y las miles de hectáreas de cultivos de coca. Ya existían serios nexos de los grupos armados con el narcotráfico y el manejo de un estado paralelo, impuesto por los subversivos, lo que tenía a la comunidad inconforme, por los abusos reiterados.

Pero en Bajo Grande, que había dejado de ser el cruce obligado al Rio Magdalena y las grandes haciendas habían dejado de ser productivas, el desplazamiento de la comunidad no precía justificarse por ningún lado.

¿Qué había petróleo en la zona? Recuerdo que alguna vez cuando niño, mientras caminábamos por la finca Flores Negras, de Miguel Hamburger, nos encontramos con un tubo de hierro sembrado en un mojón, con letras de la Shell. Se comentaba que en la zona, plagada de trupillos, zarza brava pata e grillo y pringamoza, el petróleo aun estaba revuelto con agua. Que los gringos habían dejado que pasara un tiempo de maduración.

-Aquí no hay petróleo, dijo Piero Fernández, nuestro tío.

- ¿Y el tubo marcado para que es? Le pregunté, siendo un niño.

Entonces respondió:

-Ni por las chiras, los gringos son muy inteligentes. De seguro dejaron el tubo para no volver a cavar allí, para no equivocarse. Allí no hay nada de riquezas.

Si no había petróleo, ni gas, ni las tierras eran tan fértiles, si los caminos no eran estratégicos para la guerra o para el narcotráfico ¿por que arrasaron con el pueblo?

Fue tan precaria la información sobre las masacres que se cometieron contra este pueblo, el pueblo del que Alfonso Hamburger Herrera fue el primer desplazado, que tampoco lo tuvieron en cuenta para el programa “Rutas por la Vida”, de la Fundación de Desarrollo y Paz de Los Montes de María. Las ayudas sólo llegaron hasta Las Palmas, ocho kilómetros más arriba.

Hasta la prensa ha sido esquiva con Bajo Grande. Culminado el proceso de desminado, emprendido por el gobierno colombiano con apoyo extranjero sólo hallaron algunos trastos viejos: Tres minas anti personas averiadas y cuatro municiones sin explotar. Ese día hicieron un show mediático, aprovechando la presencia de los embajadores de Estados Unidos, del Japón y de la Unión Europea, guiados por el vicepresidente Francisco Santos, quien anuncio que de ahora en adelante “ a este pueblo lo atropellara el progreso” . Para algunos nativos no se justificaba una inversión tan alta- mil millones de pesos-, cuando muchos de ellos siguen aguantando hambre en ciudades que para ellos siguen siendo extrañas.

Para colmo de males, quienes fueron desde San Jacinto a escuchar los discursos del anuncio, una vez los helicópteros de la delegación levantaron vuelo, quedaron tan desamparados que tuvieron que regresar a pie, como si para ellos comenzara de nuevo otro desplazamiento.

Los habían mantenido a raya, con cintas preventivas- mientras 41 hombres del IV Pelotón de desminado- rastreaban supuestamente 103 mil metros cuadrados en los que no germinó una sola mata de yuca en más de un año. El hambre cabalga en ellos.

Y lo mas curioso, el helicóptero no había rebasado el ensilles de las lomas de Arroz Con Gallo, la finca de Juan Vásquez, cuando llegaron extraños provistos con carrieles, ofreciendo comprar la hectáreas de tierra a 300 mil pesos.

domingo, julio 11, 2010

LOS RASTROS DE LA MEMORIA (II)


UNA FOTO, EL NUDO MORENO QUE AMARRA LA TRAMA.

Del cómo la herramienta de la Internet nos ayuda a afianzar la memoria para reconstruir la imagen de un pueblo afectado por el desplazamiento.

Por Alfonso Hamburguer

Con la visita de Ledis Alfonsina a Colombia- en tiempos de goles, lluvias y elecciones- se nos despertó la nostalgia por el pasado de Los Montes de María, en especial de Bajo Grande, primer pueblo desplazado de esta región, escenario de la novela “Ataque de Frio de Perros”. La vida de Alfonso Rafael Hamburger Herrera, quizás un Helmut Bellingrodth malogrado, surge espontanea para echar otra mirada a la guerra de la guerra, que no sólo ha sido de balas, sino de soledades. Aprovechando las bondades de la Internet, una vez se publicó en la red social la primera crónica sobre “El Valiente solitario”, buscando desenterrar su memoria, empezaron a surgir sentimientos reprimidos. O al menos escondidos en la distancia. En las soledades. Lo primero fue buscar una foto en los recuerdos, para refrescar su imagen. Ledis la halló en un álbum de su tía Carmen, quien tres días después de su regreso a Miami, estaría cumpliendo 80 años el dos de Julio. Toda una autoridad, por ser la hermana mayor y la más allegada a Alfonso, que habría de cumplir 71 años el cuatro del mismo mes, pues Julio pareció marcar el derrotero de la familia. María Dolores Hamburger de Acosta, otra de las hijas del Valiente Solitario, cumple el seis. Y el Viejo Wilfrido, el abuelo cabeza cuadrada, murió un 31 de julio de 1984. La foto impactó en las redes. Era la más adecuada para refrendar sus recuerdos. Todos mantenían la misma imagen, como si hubiesen cerrados los ojos durante muchos años figurándose los rasgos más pronunciados, y al abrirlos, allí estaba intacto, tal como lo pintaban en los recuerdos, montado en un caballo, con botas, jean y camisa manga larga un poco arrugada por el ajetreo del campo. Era hombre de atezar un alambre de púas, de ordeñas una vaca, de curar un ternero con matagusanos, de andar con cosas solas. La foto parece tomada con una máquina instantánea cuya calidad no era la mejor, por lo que uno de sus bisnietos la escaneó y logró mejorarla, rescatándola del moho que trataba de devorarla. Establecer la fecha de tomada y el escenario no fue fácil. En la imagen está bastante joven y delgado, con un sombrero alón, a lo Rafael Escalona. El caballo también posa para la historia detenido en la vera del camino real de barro colorado. Atrás se observa un paisaje típico de Los Montes de María, distinto al de los peladeros de Frio de Perros, la finca de los ancestros, que son montes escabrosos y secos. La vegetación está un poco más civilizada y los nacederos de las cercas se yerguen florecidos, como en primavera. Las colinas son bajas, entre verdes y azules y en los ojos del jinete se observa cierta nostalgia. Si no fue en Bajo Grande, pudo haber sido por los lados del Bonguito, el terreno de su cuñado Ramoncito Tapia Carvajal, en San Juan Nepomuceno, pero también pudo haber sido en Venezuela. Hasta ahora es la foto más fiel a los recuerdos y la única.



Que guapo mi papá!”, escribió en Facebook Nina, una de sus hijas, con lo que fue creciendo la sintonía con el pasado. Allí empezó la reconstrucción de su memoria. Fue como arrancar las raíces del dolor- escribió María de Acosta- marcar trazos de soledad, romper océanos de incomunicación y aislamiento. Cada quien sufría por aparte sin decirle al otro.

Ledis retornó a Estados Unidos, sin toda la tarea realizada, pero algo se había despertado en la mayoría de los familiares, que sintieron aún más el compromiso de seguir reconstruyendo su vida, como una forma de salvar no sólo la memoria familiar, sino la historia de un pueblo sufrido y marginado de la gran prensa: Bajo Grande. De allí nos desplazamos todos, unos por la nostalgia, otros por la economía y la mayoría por la disputa del territorio entre paras y guerrilleros. Alfonso había sido desplazado por la soledad. Y su mujer se había desplazado por el sueño de tener algún día un carro y a sus hijos en mejores ambientes. Se tenía el antecedente del viejo Miguel Pacheco Blanco, padre del compositor Adolfo Pacheco Anillo, quien inmortalizó a su progenitor en el mejor merengue en estilo vallenato de la historia del acordeón. El viejo Miguel, como Fernanda, se había ido buscando consuelo, paz y tranquilidad a Barranquilla, a la muerte de su mujer y apesadumbrado por la quiebra económica. El compositor se da cuenta entonces de que Barranquilla - como Miami- tiene obstáculos para vencer, esa especie de misterio para el provinciano.

En este caso las cosas eran parecidas, pero distintas. El camino de Fernanda Díaz Lora no fue el cementerio, como sucedió con Mercedes Anillo la esposa de Miguel Pacheco Blanco, sino la trilla que para ella era la Gloria, el sueño americano. Y la decisión había sido tomada en vida, no tras la tragedia de la muerte, que igualmente los había golpeado. Fernanda y sus hermanos habían perdido a su madre de muy niños, de modo que es posible que los arraigos pudieran ser menos. De tener la madre viva el solar seria más fuerte, por los lazos de madre e hijos. En la región se dice que los hijos son de la madre, pues ella es la que cría; padre es el que hace, solamente. En este caso, Alfonso era criandero, llorón, pero ausente. La separación de sus hijos lo mató en vida.

A la publicación de la foto, siguieron más comentarios. Pensaba que con la reconstrucción de la memoria del “Valiente Solitario”, como se había titulado la primera crónica, se lograba en parte la reconstrucción del pueblo y quizás de los sentimientos, que se mantenían puros, pero dispersos por el mudo. Un lunes lluvioso en Barranquilla, la Tía Edita, la más tierna y bella de todas, pero la más sufrida- no tuvo suerte en el amor- dijo que Fernanda, esposa de Alfonso- ellos no se divorciaron legalmente- había venido a visitarlo a su lecho de enfermo, antes de que él muriera, y de rodillas le pidió perdón. Esta es una parte muy difícil de tratar. Ella era una mujer visionaria, que se miraba manejando un carro y no cabalgando en el lomo de un jumento, en una vereda que unos quince años después, sería presa de la más despiadada violencia. ¡Habían salido a tiempo! Una cosa había empujado a la otra, un mal por un bien. Los cinco hijos hoy están instalados y viviendo en USA, todos con sus trabajos seguros y sus familias bien conformadas. Ella tiene su carro, como soñó. Y ella misma lo maneja, como vio en las películas. La ida significó la derrota del hogar. Tuvo un precio muy alto, por la gran cantidad de sufrimientos que generó y que sólo cada quien sabe en la intimidad de su ser. Lo más sorprendente, es que la familia parecía olvidarse de todos y de todo, como si el pasado no existiera. Hubo años de poco contacto familiar. Edita Hamburger, trata de explicar esa lejanía, esa falta de comunicación que se tuvo en algún tiempo, señalando que en la estirpe aun quedan rezagos del nazismo que asoló la patria lejana: un cierto goce en el sufrimiento.

Nadie se explicaba, como tampoco se figuraban a aquellas cinco niños y niñas criados en el monte, que viajaban en burro y tragaban agua de laguna, ahora anduvieran conduciendo autos lujosos y hablando perfectamente el inglés en avenidas luminosas de Miami y La Florida. Eso quizás era de esperarse, por la gran capacidad de aclimatación del ser humano a los ambientes. Quienes no habíamos visto más que montes y montes, quizás teníamos una pared al frente y no nos figurábamos de otra manera. Para nosotros no había mejor mundo que el de la infancia. Bajo Grande era perfecto. Sólo habíamos visto vacas, burros, perros, juegos de indios, chimarras, fandangos, gaitas, noches alumbradas de luna y mechones, parranda y juglares puros. Y sobre todo, habíamos sido educados en valores, valores cristianos. Éramos colombianos que vibrábamos con nuestra bandera, aunque los gobiernos sólo sabían de nosotros en las elecciones, cuando llegaban las papeletas. Y las elecciones, eran siempre el principal motivo de digresiones entre las familias. Pero lo que más me impresionaba, cada vez que hablaba con Ledis, era que se había adaptado tan perfectamente a La Florida, que su pasado era inexistente. Fue entonces su contacto con la novela “Ataque de Frio de Perros”, que narra la violencia que arrasó en sólo cuatro años al pueblo; y la necesidad de mostrar a sus tres hijos americanos ya creciditos su verdadero solar nativo, el resorte que precipitó el viaje con ellos en junio pasado. Allí comenzó la historia a reactivarse. Se despercudió la nostalgia. También incidió en la decisión de Ledis la madurez, pues estos viajes a veces no son fáciles y hay que aprovecharlos al máximo. ¿Qué tal si es el último? Se preguntó. El tiempo vuela. A los hijos hay que mostrarles de dónde venimos, precisó. En una de sus correspondencias por Facebook, tras aflorar los sentimientos reprimidos, ella refresca uno de los últimos recuerdos del Valiente Solitario. Reitera su pulcritud, nobleza y su porte. Todavía estaban en Barranquilla, que fue su primera escala, antes de volar a Miami. Los cinco hijos habían quedado en Curramba, al cuidado de una tía. Alfonso- escribe Ledis- quien se había ido a Venezuela, donde trabajaba como finquero, las visitaba. Pasaba varios días con ellas y cuando se iba comenzaba el dolor de la despedida. Una de esas madrugadas él penetró en las habitaciones de cada una de ellas. Cuando ella despertó, él estaba rezando. Lloraba sobre su lecho. Ella se hizo la dormida para no confundir su pena, pues los hombres como él no debían llorar. Luego de pedirle al Señor Todo Poderoso que protegiera a sus retoñitos, tomó su maletín y salió en puntillas para no despertarla. Fue la última vez que lo vio vivo.

EL MATRIMONIO GUSTO A GUSTO

Cuando se casaron Alfonso y Fernanda, en un matrimonio gusto a gusto, Bajo Grande, a quince kilómetros de San Jacinto (cinco leguas), hace 52 años, era una aldea macondiana, donde todo era posible. El abuelo, Miguel Herrera, había sido uno de los fundadores del pueblo, que era paso obligado a Jesús del Río, principal Puerto de enlace con la civilización en el Río Magdalena. Por allí penetró el primer carro que tuvo San Jacinto, Bolívar, y el primer semental de ganado cebú, que pastaba en la Casa Alemana, de gran renombre en la zona como generadora de progreso y principio de las primeras tecnologías en la cría de bovinos de raza. Clemente Manuel Zabala, quien es considerado como uno de los más grandes intelectuales de San Jacinto y Don Benedicto Barraza, que estudiaba abogacía en el Colegio del Rosario, utilizaban esta vía en los desplazamientos a Bogotá, de modo que la aldea, bordeada de montañas que parecían protegerla de las heridas del horizonte plano y un arroyo sembrado de árboles macizos que la circundaba, la llenaban de privilegios. En más de cien años sólo hubo dos muertes violentas. El primero fue un Turco vendedor de telas y cachivaches, asaltado por desconocidos en el Camino Real. El segundo, un joven que murió desnucado en medio de una borrachera al ser cargado en hombros por su mejor amigo, en un fandango.

El matrimonio de Fernanda y Alfonso, además de unir dos familias tradicionales, aclimataba la concordia política, pues Víctor Díaz, padre de la novia, liberal acérrimo, era uno de los principales contradictores de Wilfrido Hamburger, líder conservador, padre de Alfonso. Había celos por el control del poder, cuya máxima representación era la Inspección de Policía. La época de la violencia – generada por el bogotazo- probaría la paz del pueblo, pues quienes eran godos protegían a los liberales mas allegados.

¿Qué habría pasado si se quedan en el pueblo, que en su época era el mejor vividero del mundo? Eran 92 casas, la mayoría de palma y bahareque, con nueve o diez de zinc y material, un colegio de primaria, cuatro calles, una plaza pentagonal, una iglesia de piedra y barro, un campo de fútbol con las medidas del Maracaná y dos lagunas para proveerse del agua. En medio de la ausencia de servicios modernos, se era feliz de pies a cabeza, las 24 horas del día.

Hacer la siguiente hipótesis sería como plantear lo mismo en el reciente mundial de fútbol de Sudáfrica, en el interrogante de ¿Qué hubiese sucedido si el árbitro valida el gol legítimo que Inglaterra le metió a Alemania y si se anula el de Argentina a México en fuera de lugar? Podríamos entrar en el mismo cuento del Gallo Capón, que sería como devanarse los sesos en un chiste sin final. Entraríamos en los avatares del destino. Pisaríamos en pantanos de arenas movedizas. Sería como decir que viva estaría nuestra abuela si no se hubiese muerto.

La familia Hamburger Díaz se había salvado- podríamos decir- porque después de un siglo de paz, en los años ochenta el mundo empezó a descomponerse, hasta que el paraíso que era Bajo Grande- que a Fernanda no le parecía tanto- se convirtió en un infierno. A estas alturas del relato, pese a que fue visitado por el Vicepresidente Francisco Santos, está borrado del mapa.

Y lo peor que nos había pasado: un día, para justificar la apatía por aquellos peladeros de indios, Henry Hamburger, sobrino de Alfonso dijo en tono jocoso que Bajo Grande estaba lleno de minas, claro, de minas quiebra patas. Nada de minas de petróleo.

sábado, julio 10, 2010

LOS RASTROS DE LA MEMORIA (I)

UNA FLOR EN LA TUMBA DEL VALIENTE SOLITARIO.

Crónica en honor del primer desplazado de Bajo Grande, después del viejo Miguel. El retorno a la tierra se convierte en un recorrido por cien años de olvidos, de incomunicación, en el que los sentimientos estaban intactos.


Por Alfonso Ramón Hamburger

A Ledis Krolikowski

I. INTROITO NO PEDIDO AL SOLAR, EN MEDIO DEL FUTBOL.



Donde quiera que uno muera, toda la tierra es bendita. (Juancho Polo Valencia)




Bendita nuestra matria con todos sus arrestos, donde todavía le sigue lloviendo al sucio. En el fútbol el pasado ni la justicia existen, sólo el premio o el castigo, porque cada partido es una nueva historia. Es como renovarse a cada momento, reinventarse en cada jugada, en cada suspiro. Aquel accidente de Argentina 0 Colombia 5, es posible que no vuelva a repetirse en siglos. A diferencia del fútbol, para nosotros los mortales, el pasado es lo único real que tenemos. Y la tierra más bendita es aquella donde reposan los restos de nuestros antepasados. Quedamos sembrados en esa tierra para siempre. Por eso aquel monte que forró y casi borró a Bajo Grande del mapa en estos años de terror y olvidos muertos no ha sido más fuerte que nuestros sentimientos y nuestra memoria, porque cerramos paso a la renuncia del pasado y no nos acomodamos al olvido. Nos podemos ir materialmente de la tierra, pero siempre nuestros sueños, nuestros pensamientos y visiones- infernales o no- nos regresan intactos a esas regiones donde nos parieron y donde corrimos libres tras un barrilete columpiado por la brisa de agosto, por donde nadamos en cabezones escondidos y charcos fríos, por donde correteamos detrás de la vaca Mapurito que se cansó de que le remedaran su nombre y enmudeció para siempre o del mulito que se acostaba en el camino para aliviarse de la carga. En estas lejanías que nos aprisionan, los mejores sueños han sido aquellos que nos hacen planear a bajo vuelo- como gavilanes- por las lomas de Arroz con Gallo, casi rosando el caballete de las casas de palma del Barrio Abajo, mirando los espléndidos patios comunes por donde nuestra parentela se prestaba la candela. Bendito sea Bajo Grande. Allí reposan los restos del viejo Miguel Herrera, el bisabuelo, y del viejo Pedro, aquel hombre solterón a quien se le pasaron los años, pero con la virtud del secreto del perro. Nelson Hamburger Herrera, su nieto, recuerda el verano lejano en que se lo toparon saliendo a pie de Las Palmas para Bajo Grande. Iban en un Jeep Willys modelo 52. Se le acercaron, detuvimos el carro- él se detuvo también, receloso- y le invitaron a que se subiera, para llevarlo.


No se preocupen, que yo llego primero que ustedes, respondió, con mucha seguridad, echó un escupitajo en la hojarasca, atesó sus abarcas y prosiguió. Lo vieron con un costal al hombro perderse en la nube de polvo que lo borró del mapa en la última curva del camino. Debía caminar varias leguas bajo un sol canicular, pero no quiso el chance. Y cuál no seria la sorpresa, que cuando llegaron
a Bajo Grande ya estaba sentado en la puerta de su casa echándose fresco con su sombrero de vueltas. Nelson era un adolescente en aquellas calendas, henchido de asombros, pues no era posible que un hombre de a pie hubiese llegado primero que un carro, ni aun tomando atajos desconocidos, ni vericuetos secretos, a través de un camino atravesado mil veces por el mismo arroyo. Mi padre, que era aquel adolescente, con toda la seriedad del caso, explicó:


Es que el viejo Pedro tiene el secreto del perro.

El viejo Pedro tenía el secreto del perro para vadear ríos crecidos, subir montes embarbascados, diezmar gusanos cachones y embolar al más brioso machetero, pero ahora yace sepultado en el cementerio de Bajo Grande, ese que está forrado por el trupillo y la pringamoza. En la única bóveda del campo santo de indios, reservada para los fundadores- pues el resto de mortales están sepultados en fosas bajo tierra- también yacen Wilfrido Hamburger Anillo y María Dolores Herrera, los abuelos paternos. Por ellos y su memoria esas tierras son benditas y de ellas no nos separa ni el tiempo ni la distancia. Se trata de nuestra resistencia, de la que hablaba Orlando Fals Borda, en su historia doble de la Costa.

También está bendito San Jacinto de Duanga. En el cementerio de los godos, el de La Gloria, yacen “Mama Tera”, que traduce Teresa Vásquez Castellar y Félix Alberto Fernández Díaz, los abuelos maternos, al lado de Virginia Narcisa Fernández de Hamburger, la maestra y el médico del pueblo.

Uno quisiera que sus seres queridos vivieran eternamente, dice Ledis Alfonsina, quien ha venido de Estados Unidos a visitar la tumba de su padre, ahora que está reunida con la familia, después de trece años de ausencia. Incluso, ella quisiera que después de muertos yacieran impolutos, embalsamados y sin hedor, en un lugar especial, donde les pudiéramos hablar. Que sus retratos fueran vivos. Pero no, la parte material se consume en esos depósitos oscuros- y de seguro por estos días calurientos – donde los huesos vuelven a ser tierra fértil. El alma, en cambio, que es el halito, el soplo vital, queda en el aire, penando o se deposita en el paraíso, en la Gloria de Dios, según el cumplimiento o no de los mandamientos divinos. Pero aún asi, la sepultura es el símbolo de la materia indestructible, que se transforma en otras cosas, que van desde el hedor hasta un montón de osamenta yerta y vacua para quienes son materialistas. Ya para entonces, no valen flores ni cruces, pero aun asi, cuidar ese lugar último o depósito del cuerpo yerto, se convierte en un ritual que se va desgastando con los años. De las nueve noches, cuando se le da la despedida al difunto en el levantamiento del velorio- ritual ya poco usado- se pasa a la misa de mes y de pronto a la de año. Después el tiempo parece ir diluyendo los sentimientos y los recuerdos son más difusos. Sin embargo, aquellas almas que se adelantaron en el viaje eterno, ofrendaron sus almas para cuidarnos desde el cielo, pese a que a veces ni les llevamos velas ni flores, las que muy seguramente le dimos o le negamos en vida. Especialmente las flores, que se venden a montones en ciertas fechas convencionales y nada más.

Ledis terminó su discurso y pidió un vaso de agua. Nada más porque su voz ya estaba quebrada.

En mi caso, agrega José, que ha llegado de Sincelejo, apenas asomo en Las Mellas – esas lomas simétricas a un kilómetros de San Jacinto- que se bajan y se suben con el mismo envión e impulso, lo primero que pienso es en La Seño Viña y una vez me enfrento al panorama del pueblo, alzado en el risco, explayado en el valle faroto, encajonado sobre los Montes de María, con la Cruz de Mayo cual postal imponente y altiva, clavo mi mirada en las cruces blancas del cementerio de La Gloria. Allí empieza mi oración, invocando las tres divinas personas: El Padre, El Hijo y el Espíritu Santo, que me han regresado sano y salvo al pueblo al que me debo y al que jamás le he sido infiel: San Jacinto Pinturero. Allí está la tierra bendita. Allí mi padre y mis hermanos y muchos amigos. Allí está todo el folclor. Y todo es todo, para no entrar en detalles. Y cuando me regreso, allí poso otra vez mi mirada, en una de las cruces del cementerio está enterrada la mujer mas influyó en todos, la irrepetible seño Viña. Sé que sus huesos se deterioraron con rapidez, quizás sin la resistencia vital de su figura inmaculada que como el folclor, no admiten mayor explicación. Son una verdad irrefutable y punto. Entonces repito la oración que una vez me enseñó para viajar por el mundo y salir invicto ante las adversidades del camino. Era una santa. Su carácter de educadora trascendió mas allá de su figura diminuta y de su corazón enternecido.

Pero esta vez José pasa de largo y llega a San Juan Nepomuceno. Allí la tierra está bendita. En su cementerio yace el más anónimo y valiente de sus familiares, el que llevaba por gracia: Alfonso Rafael Hamburger Herrera, el guarrú, el bordón del Wilfrido y María Dolores, el Benjamín de todos, pero el primero en marchar. Murió muy joven, después de ser un aventurero acérrimo, hombre valiente que no le tuvo temor al monte ni a las soledades. Falleció en la década de los noventa a los 57 años, después de un recorrido por Venezuela.

José lo recuerda como un tipo de regular estatura, moreno claro y de pelo negro ensortijado, entre laceo y churrusco, de rasgos duros. Su mujer, Fernanda Díaz Lora y sus cinco hijos se fueron tras el sueño americano a los Estados Unidos. Y él, hombre de abarca y pistola al cinto, no hecho para ese tipo de viajes, prefirió la provincia, el monte y el ganado. De hablado refinado, Alfonso demostró la valentía de un hombre solitario. Era tímido, callado como los de su raza o demasiado decente. Pulcro para vestir y de impecable actuar. Prefería la cachucha al sombrero. Nunca supieron de otro hombre más noble y animoso que él. Pegaba como un Dios con su escopeta de dos cañones cargada con balas rasas. Una de sus pasiones era la cacería nocturna. Se iba solito por parajes abandonados por mortales vivos o muertos, a través de caminos escabrosos, rondando ciénagas embrujadas, donde los disparos le hacían mofa al cazador y se despertaba la manigua en las soledades cóncavas y planas de la oscura noche.

“No sé si tenía amigos o no, porque casi siempre lo vi solo con su carabina al hombro, montado en un caballo brioso y por delante un burro con una carga de venados muertos a lado y lado. Ninguno de sus contemporáneos se atrevía ir solo donde él iba. No le temía a los muertos ni a los vivos. De haber sido militar hubiese sido el mejor, pero su vida se la dedicó al campo y a sus hijos, hasta que los tuvo en sus manos. Con ese rictus de timidez, su tez morena era marcada por unos oyuelitos graciosos, única herencia de algunos de sus hijos. Claro, la que mas recuerdas sus primos es a Ledis Alfonsina, que lleva el segundo nombre en su honor. Ella ha contado, aprovechando la interactividad de la Internet, que lo conoció poco, de pronto porque era un hombre callado, pacienzudo, metido en sí mismo, romántico, sentimental, que jamás alzó la voz para regañarlos cuando niños. Tanto ella como muchos de su parentela, creen que aun después de muerto, sigue cazando venados por los contornos de Frio de Perros, la finca de todos.

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“Creo que no tenia muchos amigos, pero era uno de esos hombres que no le temen a la soledad”,
escribió Ledis, una vez leyó esta nota virtual, conmovida por la flor en su tumba solitaria y abandonada.

“De veras, que en esta visita, a él le hubiese gustado mucho ver a sus nietos”, agregó Ledis.

Ellos, sus sobrinos reunidos en San Jacinto, desconocen bastante de su vida afectiva y familiar. Wilson, el sobrino mayor, dice que sólo lo recuerda como una postal del Oeste cuando pasaba con su carga de venados frescos desde Frio de Perros para Bajo Grande, su celebres parrandas, sus montadas altivas en caballos briosos, algunos intentos de trifulca en los picots fiesteros y en especial una parranda después de un torrencial aguacero: la calle arenosa se escurría con rapidez, quedando sólo una corriente de agua color café con leche, que se deslizaba culebrera, que bajaba del barrio arriba, surcaba la calle ancha y doblaba para El Bajo, la estancia familiar. Iba borracho, estrenando el silencio del aguacero, en el centro de dos amigos, abrazados, y cuando llegaba al charquito, simplemente levantaba las dos piernas para pasar. Prácticamente los amigos lo llevaban en hombros. Después gritaba con alegría, hijueputeaba, le daba vivas a la mejor presa de las mujeres y bailaba solo. Ese otro día, sin recordar plenamente su tormenta, ensillaba su caballo y se iba para el monte, muerto de la pena.

Alguna vez se fue para aquel lado a coger algodón, dice José Wilfrido, otros de los sobrinos. Para “aquel lado” era cruzar el Rio Magdalena, convertido entonces en una barrera casi infranqueable de la naturaleza, que dividía a sabaneros y vallenatos en estilos de vida y de tocar el acordeón muy distintos. Su debilidad eran las jumas que se pegaba, perdiendo a veces el control. En su Bajo Grande del alma, donde todos eran familia por algún lado, sus parientes habían creado todo un respeto. Allí sus piruetas eran festejadas como cosa usual, natural, pero por tierra ajena había que pisar suave. En campo visitante el encuero tenia que buscar su tierra. En los tiempos de “La Muchachita “, una canción clásica de Jorge Oñate con Los Hermanos López, se hallaba de aquel lado del río, de pronto recogiendo algodón para El Difícil ( Magdalena) o Codazzi ( Cesar), de pronto decepcionado de Bajo Grande. Son vagos los motivos reales de sus andanzas, de pronto apesadumbrado por la derrota de la familia, que se había marchado al exterior y había quedado solo. Haciendo memoria, lo ven en una cantina, a la orilla del río, donde varios hombres armados lo levantan a puño limpio. El se hace el muerto. Sus agresores lo toman por los brazos y las piernas y lo lanzan al agua, pero él, que se había levantado en las orillas de los arroyos, una vez en el agua se hunde a propósito y se deja llevar por la corriente, hasta saltar al otro lado. Cuando se sacude, en medio de la madrugada oscura, en una cantina están poniendo la mencionada canción:


Yo tengo una muchachita/ es una muchacha bella/ pero a mi me mortifica, Humberto/ que no puedo hablar con ella, ayyy hombe.


Y después del verso, Oñate grita: ayy hombeeee, tierra mía.

En medio del tema, se sacude del frio con un lavagallos lagrimeado, Alfonso Rafael emula la canción y tras lanzar aquella frase, se acuerda de su Bajo Grande, de su tierra mía, dejando de aquel lado todas sus pertenencias. No regreso más. Después se fue a Venezuela, donde una extraña enfermedad lo minó hasta venir a morir a San Juan Nepomuceno, aun muy joven, en enero tres de 1997. Carmen su hermana mayor, quien lo atendió hasta el último suspiro, cree que en Venezuela le echaron un maleficio y tuvieron que cortarle un brazo, lo que minó mucho su estado de ánimo.

Cundo murió ya quería morirse, dijo Carmen.


En etas vacaciones de Junio, monopolizadas por la lluvia, la familia ha querido recordarlo en
esta reunión a la que han llegado de todas partes los más allegados- y los que han podido, desafiando las distancias- y en homenaje a su hija Ledis Alfonsina, quien no alcanzó a verlo en el ataúd, pero que vino pocos días después y juntos visitaron su tumba. Desde entonces ya habían pasado trece años.


En
esos días de goles y votos, ella vino a Colombia con su marido polaco de hablado enredado y sus hijos, a reencontrarse con ese pasado irrenunciable y ha visitado la tumba de su padre, el valiente solitario. En el cementerio, cuenta Wilfrido Erasmo- quien sacó la valentía de este tío compartido- que fue casi imposible hallar la dirección de la tumba, afectada por los cambios en el campo santo, arropada quizás por la campanilla y la balsamina del monte, pero al final se cumplió con ese deber de llevar unas flores a ese lugar sagrado, donde la tierra sigue siendo fértil y bendita.


Contrariando al poeta, ellos aseguran, que no siempre los muertos quedan solos.

Sincelejo, junio 20 de 2010.